Sobre la belleza, el arte y algunas voces que nos confunden en las redes

 


Con motivo de Halloween, en un grupo de WhatsApp me enviaron un vídeo publicado en Instagram en el que una mujer —con más de treinta mil seguidores— defendía una postura en contra de dicha celebración. Más allá de lo que piense sobre Halloween (tema en el que no me siento con autoridad para opinar), lo que me llamó la atención fue su manera de hablar sobre el arte y la belleza.


No considero las redes sociales el mejor espacio para debatir; por eso escribo esto casi como un desahogo personal. Tal vez sea mi forma de impedir que sus palabras y sus modos —que me espantaron tanto como los monstruos de Halloween— se instalen en mi memoria.


Esa mujer hablaba con una voz que parecía querer representar a todos los cristianos. Yo también soy cristiana, y sin embargo no comparto ni sus modos ni su mensaje. Su voz no me representa.


Algunas de las frases que más me hicieron pensar fueron estas:


“Los antiguos en el arte y las celebraciones buscaban la armonía, el orden y la belleza.”


Esa frase, en sí misma, tiene algo de cierto. En muchas culturas antiguas —desde los griegos hasta las orientales— el arte y las celebraciones no eran simples actos estéticos, sino formas de expresar un orden cósmico. La armonía, el orden y la belleza eran reflejos de una verdad universal, una correspondencia entre lo humano y lo divino.


En Grecia, la proporción —el kosmos— era una forma de acercarse a la perfección de la naturaleza. En Egipto, la simetría y el canon servían para mantener el equilibrio del universo. Incluso en las fiestas sagradas, los movimientos seguían patrones precisos: el desorden representaba el caos, la pérdida del vínculo con lo sagrado. Crear y celebrar era, en el fondo, una forma de mantener el mundo en armonía.


Ahora bien, esa búsqueda de orden y belleza no fue igual en todas partes. En Occidente, el canon artístico se asoció a la proporción y a la medida, pero en otras culturas la armonía se entendía de manera distinta. En Japón, por ejemplo, la belleza se encuentra en la asimetría y lo efímero (wabi-sabi), y en el arte africano la fuerza espiritual tiene más peso que la simetría.

La belleza, por tanto, puede surgir también del desorden o de lo imperfecto. Lo esencial no está en la forma del canon, sino en la intención: ordenar el mundo sensible para expresar algo que lo trasciende.


Otra de sus afirmaciones fue:


“Los cristianos y los conservadores tenemos una tendencia hacia la belleza, eso de bien, verdad y belleza, pues hay que practicarlo… cuidamos la estética y la higiene.”


Me parece importante detenerme ahí. La belleza, cuando se comprende de verdad, no es un lujo ni un adorno. Es una forma de amor. Cuidar la belleza —en la vida, en los gestos, incluso en la limpieza de los espacios— es una manera de cuidar la dignidad humana. Pero la belleza no es perfección sin manchas ni apariencia vacía; es la huella del bien y la verdad en las cosas simples.


Jesús lavó los pies de sus discípulos: en ese gesto hay higiene, sí, pero también hay belleza. Es la belleza del servicio, de lo que ha sido cuidado con ternura. Practicar el bien, la verdad y la belleza es, en el fondo, una misma cosa: vivir con coherencia y con amor.


Desde una mirada estética, lo bello, lo bueno y lo verdadero forman una triada inseparable. El arte clásico lo entendió así, pero también el pensamiento cristiano. La forma expresa el fondo, y la armonía visual refleja un orden moral. Sin embargo, cuando la belleza se reduce a lo pulcro o lo decorativo, pierde profundidad. El arte contemporáneo nos ha enseñado que también hay belleza en lo roto, en lo incierto, en lo que incomoda. Quizá ahí esté el desafío: reconciliar la belleza del orden con la del desgarro, porque ambas pueden revelar verdad. Hoy el arte es, sobre todo, un espacio para pensar, sanar y transformar el mundo.


Por eso, cuando en el vídeo la mujer decía:


“Basta con contemplar a gente de diferentes ideologías para saber a quiénes te quieres parecer… Los creyentes tendemos a reconocer algo divino en lo que tiene orden, proporción y armonía… Si la belleza nos acerca a Dios, entonces lo feo, ¿a quién nos acerca? Al patas.”


No pude evitar sentir un profundo rechazo, no por su fe, sino por la dureza del juicio que encierra. La belleza, entendida desde el espíritu, no excluye lo que no se ajusta a un canon. Dios también está en lo que no brilla, en lo que está herido, en lo que necesita ser redimido.

Reducir la fe o el arte a una cuestión de “lo bello contra lo feo” es empobrecerlos. La belleza verdadera no divide ni condena: invita, reconcilia y eleva.


Creo que ahí está el fondo de mi malestar. No me inquieta el tema de Halloween, sino la facilidad con que algunas voces usan la palabra belleza para levantar muros. Cuando, en realidad, la belleza —como la fe— solo cobra sentido cuando abre, cuando acoge y cuando sana.


El arte alumbra porque juega con la sombra,

con lo roto, con lo feo,

no los esconde, no los rehúye, no los juzga,

busca la unidad perdida.

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