Ir por otro camino




No sé si son mis años en España o si es que ahora tengo una nieta que canta, con una convicción desarmante, «ya vienen los Reyes Magos, caminito de Belén, olé, olé, olé...». El caso es que estos días a los Reyes Magos los miro distinto. Ya no como figuras decorativas del Belén, sino como personajes profundamente incómodos. Sabios que se ponen en camino, que preguntan, que se equivocan, que rectifican. Personas que nos enseñan a descubrir nuestra propia voz.

El Evangelio de San Mateo cuenta que unos magos -o sabios- llegaron desde Oriente siguiendo una estrella. Buscaban al rey de los judíos recién nacido. No sabían bien a quién buscaban, pero sabían que no podían quedarse quietos. Preguntaron en Jerusalén, pasaron por el palacio, hablaron con el poder. Y aun así, siguieron. Hasta que llegaron a Belén y se encontraron con lo impensable: no un rey en trono, sino un niño nacido en un pesebre.

Y ahí está uno de los gestos más radicales del relato: siendo sabios, se postraron ante un niño. No ante Herodes. No ante la jerarquía. Sino ante lo pequeño, lo frágil, lo que no cuenta. Se rindieron ante lo invisible, ante eso que pasa inadvertido si no le prestas tu atención, y no puedes prestarle atención si no es con el corazón. Como si la verdadera sabiduría supiera reconocer dónde hay vida, aunque no tenga rango ni prestigio.

Ofrecieron oro, incienso y mirra. Y cuando entendieron que Herodes no buscaba la verdad sino conservar el poder, desobedecieron. Escucharon el sueño. Escucharon otra voz. Y regresaron a su tierra por otro camino.

Benedicto XVI decía que en el lenguaje de la estrella podía percibirse un mensaje de esperanza. Y la esperanza siempre implica movimiento. Búsqueda. Salir de lo conocido. Ir hacia lo que todavía no es. Los Magos eran sabios no por lo que acumulaban, sino porque estaban en camino. Porque buscaban la verdad incluso cuando eso los llevaba a arrodillarse, a rendirse ante una realidad que no era la que esperaban encontrar.

Escuché una vez que la verdad se revela a quien la busca. Y desde entonces pienso que quienes la buscan suelen ser los inconformes, los curiosos, los que no aceptan el mundo tal como se les presenta. Los que preguntan más de la cuenta. Los Reyes Magos no aceptaron las cosas sin más, la estrella les inquietó y la orden de Herodes no la obedecieron.

“Lo primero que se exige a quien obra es que conozca”. J.Piepper

Pero conocer no es acumular datos. Todos conocemos a través de los sentidos, de la experiencia, pero también de la lectura. Un texto puede despertar recuerdos, emociones, preguntas. Leer, pensar, escribir nos vuelve protagonistas de nuestra propia vida. Y ese protagonismo -cada vez más- parece dar miedo, sobre todo a quien dirige, enseña o manda.

Cuestionarse es mirarse de frente. No solo por la propia vida, sino por el mundo que uno habita y por las personas que tiene a cargo. Y aquí aparece una confusión peligrosa: confundir sabiduría con erudición. La erudición sabe cosas. La sabiduría las piensa, las digiere, las pone en relación con la vida. Hoy la información puede delegarse en cualquier algoritmo; la sabiduría no.

La sabiduría necesita silencio. Escuchar lo que pensamos. Dejar que las lecturas, los encuentros y las palabras reposen. Poner el cerebro a la luz del corazón.

“La sabiduría es resplandeciente e imperecedera;

los que la aman la contemplan con facilidad,

los que la buscan, la encuentran.” (Sb. 6, 12-13)

Ese silencio no es huida del mundo. Está en una conversación bien escuchada, en una mirada que no juzga, en el asombro que nos deja sin palabras. También en saber escuchar a quienes no suelen tener voz: los niños, los humildes, los que no ocupan los primeros puestos. No habemos seres humanos de segunda clase, las jerarquías son, muchas veces, una casualidad.

La curiosidad -tan natural en los niños- mantiene viva la pasión por aprender. Mirar con ojos nuevos. No dar nada por supuesto. Reconocer la belleza en lo pequeño, en lo cotidiano, en la vida que se nos regala cada día.

Claro que este camino no está libre de riesgos. La vanidad aparece, a veces con soberbia, otras disfrazada de falsa humildad. Por eso hace falta distancia y memoria: recordar que el camino no es nuestro, es el que marca la estrella. Pensar, enseñar, liderar, investigar solo tiene sentido si es servicio, si es cuidado. Si ayuda a otros a orientarse, si no se apropia de la verdad.

Y entonces vuelvo a mi nieta. Cuando le preguntan qué le trajeron los Reyes al Niño, ella dice: oro, incienso y vinagre. Nadie se lo ha enseñado, es su propia cosecha. Sabiduría del Espíritu Santo o como quieras llamarla. Pero ahí aparece algo que me descoloca: ¿y si el vinagre no habla solo del dolor, sino de sanar las heridas? ¿Y si la mirra no cierra en la muerte, sino que recuerda que la muerte no es el final?

Tal vez por eso los sabios se arrodillan ante un niño. Porque la sabiduría -la de verdad- no domina, no clasifica, no se impone. Escucha. Sana. Y abre caminos nuevos, incluso allí donde parecía que todo terminaba.

📸Mandatory Credit: Photo by Alfredo Dagli Orti/Shutterstock (5850808aa)
The Epiphany or Adoration of the kings tripytch c.1495 donors Scheyven and Patron saint Peter Agnes Joseph (Hieronymus Bosch)

Art (Paintings) - various

Artist: BOSCH, Hieronymus (1450-1516, Flemish)

Location: Museo del Prado Madrid

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