¿Dónde está Lola?
Foto de la edición impresa de El Mundo (13/07/2025)
El domingo apareció una esquela a página completa en el diario El Mundo. Seis líneas sin firma, sin foto, sin contexto. Solo esto:
Querida Lola, amor mío,
hoy hace veinte años que te fuiste.
Cada día y cada noche he pensado en ti,
y he soñado contigo.
Jamás habrá un ser humano como tú.
Sólo quiero estar contigo.
La leí una vez, luego otra. Me atrapó algo que no sabría nombrar: la belleza contenida, la tristeza serena, la intimidad desbordada. Me hizo pensar en mis abuelos. Si mi abuela hubiera muerto antes, quizá mi abuelo habría escrito algo así. Tal vez lo pensó, y nadie lo supo. Mi imaginación se desbordó.
Al poco rato vi que Marwán la había compartido en Instagram. La repostee. Él escribía que era un mensaje enviado a las estrellas, y se preguntaba: “¿Cómo puede ser la vida tan bella y tan triste a la vez?”. Me quedé ahí un rato.
Después empecé a imaginar. Vi a un hombre que nunca volvió a enamorarse. Pensé en una enfermedad, en una despedida silenciosa. Una escena sacada de Dying Young, pero con los papeles invertidos. Luego cambié el género del narrador. ¿Y si era una mujer? ¿Y si no era un amor romántico? ¿Y si eran dos amigas, como en La amiga estupenda de Ferrante? ¿Y si Lola no murió?
Todo esto surgió a partir de seis frases. No había más, pero no hacía falta. Me di cuenta de que esto es precisamente lo que hace el arte: abre grietas, activa lo simbólico, pone en marcha el relato interno que todos llevamos dentro. Cuando no encontramos explicación racional a algo —la muerte, el amor, la ausencia—, buscamos un lenguaje paralelo. El lenguaje del símbolo. Del relato que nos contamos para sobrevivir.
Byung-Chul Han llama a eso el “orden simbólico”: la narración íntima que damos a lo que nos supera. Observamos una imagen, un gesto, una esquela… y proyectamos sobre ella nuestra historia. Ahí empieza la ficción. Ahí empieza también la verdad emocional.
Después le pregunté a la inteligencia artificial cuántas veces se había compartido el mensaje. Más de un millón de visualizaciones, 28.000 me gusta, cientos de reacciones. Lo supe entonces: no era solo mi historia. Era una especie de espejo común.
La emoción inicial se me esfumó por un instante, sustituida por la duda: ¿existió Lola? o, debemos pensar que jamás habrá -ni ha ha habido- alguien como tú. ¿O era simplemente una gran historia, una gran campaña?
Tal vez no importe. Tal vez el poder del relato no está en confirmar la realidad, sino en recordarnos que algo, dentro de nosotros, sigue buscando sentido.



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