Argizari Galdua: la memoria que guía


Encontré que esta actividad sería el mejor metrónomo para volver de lleno al trabajo. Organizado por la UPNA, Argizari Galdua. La materia en tránsito. Fue un impulso para que mi cerebro comenzara a producir ideas, muchas ideas. Fueron dos días de convivencia con mi tribu: artistas, antropólogos, historiadores, curadores… todos unidos por el hilo del arte y el pensamiento.


La aventura comenzó con la visita a la instalación Le veilleur d’Aujour’nuit de la artista Estelle Deschamp, en el collado de Arnostegui. Este espacio natural contagia belleza, paz y suspensión del tiempo. Estar allí nos devuelve a nuestra propia pertenencia a la Creación: somos naturaleza, y es en ella donde el ser humano encuentra su centro. El collado de Arnostegui, como tantos otros lugares del Pirineo Navarro, te sobrepasa. Te saca de ti misma para invitarte a contemplar… y a contemplarte.


Con esa disposición, llegamos a la obra de Estelle, fruto de dos años de investigación. La instalación se inspira en una práctica ancestral, propia de Navarra, el País Vasco y Galicia, en torno al luto. Para mí era completamente desconocida, pero no extraña, quizá por mi formación católica.


Se trata del uso de velas fabricadas mediante el “hilado” de cera de abeja. La luz de estas velas acompaña las oraciones por el difunto y lo guía hacia la Luz eterna, hacia la Vida eterna. Los “hilos” de vela pueden tomar forma de nido o canastilla, o envolver una tablilla de madera decorada: a esta se le llama argizaiola.


El proceso comienza incluso antes de la muerte del enfermo: se pide a la colmena que produzca la cera suficiente para hilar la vela que iluminará su camino. Si el difunto es el dueño de las abejas, el rito incluye comunicarles su muerte y la sucesión, colocando un velo negro sobre la colmena.


La fabricación de las velas es, en sí misma, un acto ritual. El proceso de inmersión de la mecha, el enroscado del hilo de cera, la temperatura adecuada… todo exige cadencia y atención. Cada vuelta es una oración, un mantra, un punto de concentración y contemplación. La creación de la vela involucra cuerpo y mente. Y su uso también: sobre la tumba se coloca la canastilla o la argizaiola y, se reza mientras se desenvuelve el hilo de la vela al ritmo que se consume.


La intención es guiar al difunto en su paso hacia la luz.


Vida y muerte. Luz y oscuridad. Tiempo y velocidad. Trascendencia. Todo esto me asaltaba al ver, escuchar y sentir la obra de arte en ese espacio.


Arsuaga dice de manera bellísima que en cuanto comenzamos a tener ritos funerarios y expresiones artísticas, despertamos como seres humanos. Y, sin embargo, estas prácticas ancestrales —este respeto por las abejas, por la naturaleza, por nosotros mismos que somos naturaleza— se están perdiendo. Quizá porque no son rentables. No producen a la velocidad que exigen los negocios. Como el arte: otra actividad “inútil”, no rentable, no productiva.


Estamos olvidando que el arte nos permite hacer algo con el sufrimiento. Nos da un refugio. Transforma la tragedia en algo bello y, al compartirlo, podemos ayudar a otros a encontrarse, a reencontrarse, a caminar hacia la luz.


¿Cuántos muertos vivos encontramos en el camino? ¿A cuántos les haría falta una familia que les hilara una vela, que los iluminara, que les recordara que no están solos, que hay un camino por descubrir?


Si el tiempo está conectado a la tierra…¿de dónde proviene el tiempo que marca el siglo XXI?

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