Vibraciones que nos unen


Lauterwasser, Alexander. Imágenes sonoras del agua.


Escribo desde la curiosidad y la ignorancia. Y lo digo sin pudor, porque sé que no soy bióloga ni filósofa: soy arquitecta y curadora de arte. Me atrevo porque estoy convencida de que el simple hecho de hacerse preguntas ya abre un camino apasionante. Al final no encuentro respuestas, solo entro en el juego del conocimiento cuando, mediante reflexiones, resulto con más preguntas.

Aquí las suelto:


Hace un par de años fui espectadora de una propuesta que unía biología y arte. Álvaro Laiz transforma datos, registros y fotografías en obras visuales y sonoras. En The Edge, convierte secuencias de ADN en vibraciones que se hacen música. Esa experiencia me ayudó a darme cuenta de que hasta la vida misma puede ser traducida en sonido, y me propuse estar atenta. 


Hace unos días mi marido me enseñó unos vídeos sobre cimática: el agua respondiendo al sonido con patrones geométricos, como mandalas en movimiento. Me maravilló y descubrí que Alexander Lauterwasser ha explorado este fenómeno. Él muestra, mediante el lenguaje del arte, cómo la materia se organiza en hermosos patrones al ritmo de la vibración. Me impresionó comprobar cómo lo invisible se vuelve visible.


Tengo la suerte de ver por estos días cómo mis nietas van aprendiendo a hablar y esta experiencia me recuerda un espectáculo que me marcó. Escuché a José Luis Gómez recitar el Cantar del Mio Cid. En esa oportunidad, al terminar, nos dio una mini clase magistral. Nos explicó la teoría de cómo de genera cada vocal. Cuando expulsamos el aire de nuestros pulmones, dependiendo de la forma que demos a nuestra boca, paladar y labios, estaremos emitiendo sonidos distintos. Así por ejemplo, desde épocas prehistóricas, la vocal u nos lleva a demostrar dolor, la i, alegría... No hace falta conocer idiomas, basta con mirar y escuchar con atención para conocer y reconocer lo que experimentan otros.


En paralelo estoy leyendo El puente donde habitan las mariposas, de Nazareth Castellanos. Ella propone una biosofía, un puente entre ciencia y humanidades. De la mano de esta autora he descubierto que nuestros cerebros y corazones se sincronizan. Y lo más bonito es que somos capaces de hacerlo a través de la mirada y la escucha atentas. Una sonrisa, una palabra escuchada o el simple hecho de estar presente -en espacio y tiempo- para el otro, genera esa sincronización.


Todo esto me lleva a la misma idea, estamos conectados. Querámoslo o no, impactamos en los demás, en el ambiente, en la naturaleza que nos rodea. Sin embargo, vivimos como si fuéramos estrellas solitarias, olvidando que somos parte de un cosmos mayor y que nuestra vida tiene fecha de caducidad. Que nuestras palabras, esos sonidos que emitimos no tienen impacto. Y esto se acentúa por el uso de las pantallas y las redes sociales donde estamos conectados pero no nos miramos ni nos escuchamos las voces. Lo que es peor, leemos las palabras y las imágenes de otros escuchando nuestra propia voz. No es posible sincronizar cerebros y corazones a través de un whatsapp, un comentario o un post. Como dice Byung-Chul Han en su libro El espíritu de la esperanza: "La sociedad se vuelve entonces cada vez más narcisista, se pierden la relaciones y el trato, y la angustia se hace más intensa.(...) La angustia es incompatible con la confianza y la comunidad, con la proximidad y con el trato. Provoca alineación, soledad, aislamiento, desorientación, desamparo y desconfianza."


Si buscamos la paz fuera de nosotros mismos, nos perderemos. El único camino es mirarnos dentro con valentía, como frente a un espejo. Te propongo que encuentres ese espejo en la naturaleza o en una obra de arte. Hace falta sólo un silencio, prestar atención, un gesto mínimo de presencia.


Todo empieza ahí.

¿Te atreves?

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