Rectas. Círculos. Espirales.
Cuando pienso en la vejez, pienso en mis abuelos. A mi madre nunca la vi vieja, murió a los 51 años, yo tenía en ese momento 32 y dos hijos. Ahora que soy abuela, no me siento vieja y me pregunto ¿quién es un viejo? ¿A partir de cuando me debo ver a mi misma como vieja?
Últimamente el tema se me aparece por todas partes —o quizá soy yo la que ha empezado a prestarle más atención—. Se habla de la baja natalidad, de la soledad de los mayores, del cuidado. Dicen que la vejez comienza con la jubilación, a los 65. Si empecé a trabajar a los 25, eso significaría cuarenta años de actividad. Y después, si las estadísticas aciertan, unos treinta años más para vivir, para ocuparme, para seguir. Pero, ¿para seguir con qué? ¿Será que tengo que pensar en comenzar de nuevo?
Mis abuelos murieron ambos pasados los noventa años. Su vida me parecía siempre igual, sin preocupaciones por las ocupaciones del día ni del siguiente. Él murió antes que ella; ella le siguió a los pocos años, sintiendo cada día su ausencia. Ellos vivieron bajo un esquema vital que podría dibujarse como una línea recta: el homo viator, el que camina sobre la tierra hasta alcanzar el fin, asumiendo con serenidad el papel que le toca.
Mi generación, en cambio, se mueve más bien en círculo. Giramos a la velocidad que marca el capitalismo. Me viene la imagen de un galgo corriendo detrás de una liebre que no sabe si es real, de goma o una simple proyección. La vida se convierte en rutina: un correr en círculo detrás de un fin, sin apreciar lo que muestra el camino.
Nuestro siglo XXI nos enfrenta a otro movimiento. Vivimos acelerados, en un mundo donde la atención es un bien codiciado y la productividad ha desplazado al ocio. No tenemos tiempo para detenernos, para pensar qué hacemos, qué queremos y mucho menos para mirarnos y mirar a los demás.
Y vuelvo a mi pregunta inicial, ¿será que al cumplir los 65 años deberíamos plantearnos comenzar de nuevo? Y me respondo con otra pregunta ¿Y si el círculo lo convertimos en una espiral?
Si pienso en una espiral logarítmica, esta crece sin perder su forma. Cada vuelta es más grande que la anterior, pero mantiene su proporción. Cambia, sí, pero no se desfigura.
Desde esa imagen gráfica, la vida —si se vive con conciencia— también crece así: cada experiencia amplía el radio de tu existencia, te aleja del centro inicial, pero conserva una coherencia interior. No volvemos al mismo punto, pero sí al mismo eje, desde un lugar más amplio. Una espiral no tiene fin: sigue expandiéndose infinitamente. Vivir en espiral es vivir desde el aprendizaje, el autoconocimiento y la consciencia. Es moverse hacia afuera sin abandonar el centro.
Si lo piensas en 3 dimensiones, la espiral ya no solo se expande, sino que también profundiza. No se trata solo de un crecimiento hacia afuera, sino también de un descenso hacia dentro. Cada vuelta nos aleja del punto de partida, pero también nos hunde más en nuestra propia raíz. Es un proceso donde el conocimiento de uno mismo no se acumula, sino que se sedimenta. El “pozo” que deja, ese surco que va quedando hacia abajo, puede leerse como la huella de lo vivido: la memoria, la experiencia, el tiempo. Cada giro deja su marca.
Propongo entonces vivir en el siglo XXI moviéndonos en espiral, no solo hacia afuera, sino también hacia adentro. Ampliando la mirada con cada giro y, al mismo tiempo, cavando más hondo en nosotros mismos. La profundidad es el precio —y el regalo— de la expansión.
Tal vez no haya que esperar a cumplir los 65 para comenzar de nuevo. Cada giro de la vida puede ser un reinicio si lo vivimos con conciencia.
Pasamos de la recta al círculo sin darnos cuenta. Quizá el paso siguiente sea la espiral: ese movimiento que nos expande y nos hunde al mismo tiempo. En ella, cada comienzo tiene memoria y cada final abre un nuevo centro.



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