La voz que sostiene la luz


Die vier Zimmer. Vilhelm Hammershøi.



Ayer, dando una clase sobre coherencia en el hacer, volví a una idea que me acompaña desde hace tiempo: no puedes hacer de verdad si antes no sabes quién eres. Ese “ser para hacer” no es teoría, es práctica diaria. Y justo desde ahí nace este texto, de esa necesidad de mirarme primero para que lo que hago tenga sentido.


En mi experiencia, poner palabra a lo que llevo dentro convierte el caos en algo habitable. Cuando nombro mis pensamientos, cuando los bajo al papel, dejan de ser ruido y empiezan a tomar forma. Entrar en mi propia intimidad —esa habitación que sólo yo conozco— y encender la luz ahí dentro hace que los miedos pierdan terreno. Igual que un niño teme a la oscuridad, yo a veces temo no poder nombrar lo que encuentro. Por eso vuelvo a mis escritos: son mi refugio.


Los miedos se transforman cuando escucho mi propia voz leyendo lo que he escrito. A veces se vuelven esperanza, otras veces aprendizaje. Nombrar algo hace que aparezca eso y que aparezca yo frente a ello. No hace falta explicarlo todo; como dice Esquirol, la explicación homogeneiza, y lo que realmente ayuda es distinguir. Antes de decirlo, todo estaba difuso. Después, existe de otra manera.


La palabra nace del silencio, pero necesita tu voz para existir de verdad. Ese tono que juega con el aire —como la respiración— coloca cada cosa en su momento y resuena distinto en cada persona, según el espacio interior desde el que escucha.Esa palabra que nace del silencio no es sólo comunicación. Une. Primero, mi mundo interior con mi razón; luego, con quienes tengo cerca. Y, siempre, con algo más grande que yo. Pero necesita mi voz, ese sonido que es propio, único como mi huella.


Somos distintos. Y descubrir esas diferencias ayuda a entender qué piezas nos conforman. Es casi un juego infantil que requiere curiosidad, paciencia y cariño. Yo lo llamo “distinguir para juntar”: no se trata de elegir o descartar, sino de encontrar las tensiones que dan forma a un horizonte. Como día y noche, tierra y cielo, liviandad y gravedad. Una cosa no existe sin la otra. La belleza aparece en ese equilibrio.


Estoy aquí. Ocupo un lugar. Soy alguien. Orientarme hacia un horizonte me recuerda que siempre hay un “aquí” y un “allí”, un “dónde” y un “quién”. Y en ese camino no necesito explicaciones, no necesito encontrar diferencias, necesito compañía. Y ahí en medio de los demás es donde aparece mi nombre. No como algo poético, sino como un recordatorio de continuidad: cambia lo que vivo, cambio yo, pero mi nombre sigue ahí, sosteniendo ese hilo. Es mi palabra más básica, la que me devuelve a mí misma. Sentir, sentirse, encontrarse.


Y al final, la palabra resuena distinto en cada quien, según el espacio interior que la recibe.

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