El ritmo de la presencia. Entre RPM y silencio.






Leí la noticia de que Australia ha decidido prohibir el uso de redes sociales a los menores de 16 años. Me llamó la atención porque, más allá del debate, evidencia algo que ya intuimos; estamos viviendo a una velocidad que nuestro corazón no siempre acompaña. Todo esto me hizo pensar, una vez más, en cómo convivimos con las pantallas y en cuánto influyen en nuestra capacidad de escuchar, de atender y de estar presentes.


Puede que sean los años los que te enseñan a ver el mundo girar a baja revolución, como cuando ajustábamos el tocadiscos entre 33 y 45 RPM (revoluciones por minuto). Si ponías un vinilo de 45 en 33, la melodía se volvía aguda, rápida, casi agobiante. Durante mucho tiempo viví así, con ese ruido acelerado como música de fondo. Hoy siento que por fin sé elegir el botón correcto para escuchar al mundo en el ritmo en el que la vida se disfruta. Estoy aprendiendo a escuchar y a escucharme. Y en esa escucha entro en contacto con el mundo y con mi mundo interior.


Escuchar al mundo es dejarse tocar, y tocar es conectar con la piel, pero sobre todo con el corazón. Nuestros corazones se conectan cuando escuchamos, porque con la atención hacemos presente el mundo del otro. No hablo solo del oído sino de la atención, de prestar tu presencia al otro.


Esta idea de conexión no es solo poética; tiene respaldo científico, N. Castellanos, neurocientífica, investiga la coherencia cardíaca y cómo corazón y cerebro se influyen mutuamente mediante señales eléctricas y electromagnéticas. El corazón genera un campo potentísimo, más fuerte que el del cerebro, y ese campo cambia con el estado emocional. Con calma, se ordena; con estrés, se vuelve caótico. Nuestro sistema nervioso “escucha” al otro en microseñales -postura, mirada, respiración- y el corazón ajusta su ritmo. Los cuerpos se sincronizan cuando hay presencia, atención y calma. Esa sincronía es la raíz de la conexión profunda.


Comprender cómo el corazón y el cerebro se sincronizan también me ayudó a valorar el silencio. He aprendido a estar en él y a hacerlo mi aliado, algo que antes me incomodaba. Cuando aparecía, encendía la radio, llamaba a alguien, buscaba imágenes para que la cabeza se pusiera en marcha. Huir del silencio era mantenerme a 45 RPM. No era capaz de quedarme quieta. Confundía ese ruido interno con creatividad, con productividad. Aquella agitación, ahora lo veo, era simplemente el desborde de mi angustia. Y yo, convencida de que cuanto más ocupada, preocupada y doliente estuviera, más valía. “Lo que vale cuesta”, me repetía.


Ahora sé que el silencio no es vacío: es vibración de fondo, profundidad, conexión con el propio corazón. Busco esa quietud. Ese vacío que en realidad llena y que es el principio de la conexión con mi propio mundo y luego, con el del otro.


Y desde ahí, llega la pregunta por la conexión con los demás. Esa sincronización que sólo aparece en la presencia, en la calma, en la atención. Al tocar al mundo, me toco. Al tocar, me siento. Soy un aquí y un ahora. Tocamos con la piel, necesitamos contacto. No es casualidad que el tacto y el oído sean los primeros sentidos con los que nos relacionamos en el vientre materno y al llegar al mundo.


Pero vivir en 33 RPM nos aleja de ese contacto. Gran parte del día lo resolvemos desde una pantalla. El otro se convierte en cristal; una imagen fría que deslizamos, apagamos o consumimos. A través de pantallas y teclados los dedos fabrican palabras que llegan sin nuestra voz.


En la pantalla se pierde el tocar y el escuchar. La velocidad del tecleo, el scroll infinito, el multitasking; todo eso nos hace olvidar que detrás de lo que escribimos hay un cuerpo, un corazón y un ritmo. Nos distrae de la responsabilidad de entregar una palabra al otro con intención. Y cuando la palabra se vuelve un gesto rápido, casi automático, empezamos a centrarnos en nosotros mismos y a perder empatía.


Justo ahí se rompe algo esencial, porque la palabra -cuando se dice, cuando se respira- toca. Hace presente el mundo del otro: el de quien la emite y el de quien la recibe. La palabra es contacto. Sale de ti en un proceso único e irrepetible; entra el aire, rebota en la faringe, la boca, la nariz; la moldeas con lengua y labios y se convierte en vibración. Una vibración que es tuya, como una huella. Las palabras suenan diferente en cada persona y, según el momento, incluso una misma palabra suena distinta en ti y resuena en cada uno de los que la recibe. Como una caja de resonancia que toca al otro con su sonido.


Y luego está la voz interior, la que le da significado a las palabras cuando resuenan por dentro. Por eso me gusta, al final de un ejercicio de contemplación a una obra de arte, pedir que quienes participan escriban una sola palabra. Es increíble lo distintas que pueden ser. Como decía Ricœur, “el símbolo da que pensar”.


Quizá necesitamos bajar las RPM para desconectar del ruido de las pantallas, prestar atención de verdad, y dejar que la palabra salga con cuidado, con el cuidado que da la escritura a mano, y que el otro la reciba con presencia. Solo así volveremos a tocar, a conectar, a estar aquí y ahora, juntos, más atentos y más vivos.

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