No perder EL centro. No perder TU centro.
Tengo un amigo artista -lo llamaré aquí Víctor- que desde hace años recibe el encargo de producir el vídeo de felicitación navideña para una institución. Cada una de sus obras -vídeos, fotografías, pinturas- es potente. De esas piezas que te remueven, que te obligan a mirarte por dentro. Hay en ellas una creatividad muy singular.
Este año vi el vídeo e inmediatamente le escribí: "¡Feliz Navidad, Víctor! Este año he echado de menos tu trabajo en la felicitación de Z". Se rió. "¿Por qué? Si también es mía". Y ahí mi cabeza empezó a hervir. Algo no cuadraba. ¿Qué había pasado?
En los vídeos de otros años aparecían explícitamente los personajes del portal. Silencio. Concreción. Este año, la institución le propuso otra cosa: hablar del amor en general, villancicos, luces en casas y ciudades… en resumen, lo que hacen Coca-Cola, Ikea, Iberia. Un spot donde la gente es feliz porque es Navidad.
Y aquí apareció el nudo. Vivir la Navidad requiere una atención contemplativa, la misma que exige una obra de arte, para crearla y para mirarla. La inteligencia -dice Byung-Chul Han- resuelve problemas, pero carece de espíritu; le falta atención creadora.
El amor que estoy segura que busca Víctor con su obra es eros: ese deseo profundo de belleza que busca lo sublime. Para un cristiano, en el portal de Belén, ese eros humano se encuentra con el ágape divino, el amor que se da sin medida. El arte de Víctor permitía esa unión: la belleza que nos atrae mediante el silencio de la inteligencia, hacia el don. En cambio, el amor de los anuncios es sentimiento rápido, un consumo emocional que no deja poso porque carece de esa tensión hacia lo sagrado; tiene envoltorio, pero le falta el eje.
Pienso en la pintura El censo de Belén de Brueghel el Viejo. La escena está llena de personajes, de acciones, de pequeñas historias que suceden a la vez. Todo parece disperso, casi cotidiano. Y, sin embargo, el centro está ahí: los personajes concretos, explícitos, sosteniendo el sentido de toda la escena. Muchos temas, un solo eje. "Mucho ruido alrededor, centro intacto".
Los vídeos anteriores de Víctor eran silencio. El de este año -lo siento Víctor- se volvió un utensilio, algo que responde a un “para”. Antes había arte. Y el arte no explica el objeto, lo dignifica. No se impone ni se consume, se ofrece. A la experiencia del arte se accede en cualquier momento, siempre que seamos capaces de levantar la mirada de nuestras propias miserias.
Al final de nuestra conversación, Víctor me confesó: "Me salen más las cosas de otros años que la de este". Y recordé una reflexión que hice hace tiempo sobre la vida y las espirales. Hoy me apetece regalársela -y regalárnosla- aplicada a su trabajo:
Cada experiencia amplía el radio de nuestra existencia. Nos aleja del centro inicial, pero conserva una coherencia interior. No volvemos al mismo punto, pero sí al mismo eje, desde un lugar más amplio. La espiral no tiene fin: sigue expandiéndose. Vivir en espiral es crecer, aprender, ganar consciencia, moverse hacia fuera sin abandonar el centro.
Si lo pensamos en tres dimensiones, la espiral no solo se expande: también profundiza. No es solo crecimiento hacia afuera, es descenso hacia dentro. Cada vuelta nos aleja del punto de partida, pero nos hunde más en la raíz. El conocimiento no se acumula: se sedimenta. El surco que queda -ese poso- es memoria, experiencia, tiempo. Cada giro deja su marca. Cada comienzo guarda su memoria.
Y siempre hay un centro, esa gravedad invisible que, por mucho que nos expandamos en la espiral, nos sigue atrayendo hacia lo que verdaderamente somos.



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