Arquitectura de la mirada: ahí empieza la verdadera transformación
Hay lugares donde, al terminar el año, se quema un muñeco. Se le prende fuego al dolor, a las malas rachas, a lo no resuelto. Se quema simbólicamente lo que pesa para abrir espacio a lo que aún no existe. Es un gesto radical: no se trata solo de cerrar un ciclo, sino de iluminar con fuego aquello que ya no puede seguir siendo parte del camino.
Nos gusta creer que el 1 de enero la vida “se convierte” mágicamente en la vida soñada. Es natural, nuestro pensamiento mágico-religioso es una herencia ancestral que podemos apreciar desde las cuevas de Lascaux o Chauvet.
Aspiramos al cambio. Nos seduce y la naturaleza lo hace evidente: estaciones, ritmos, ciclos. El cambio modifica, ajusta, reordena sin alterar la identidad de fondo. Es mover piezas dentro del mismo tablero. Pero la transformación es otra cosa. Es metamorfosis. Es dejar de ser lo que éramos para poder ser otra cosa. Es cuestionar la forma misma del tablero.
Esta reflexión vale para nosotros y vale también para las organizaciones, familias, o cualquier empresa humana.
Cambiar es intervenir procesos, estructuras, normas, dinámicas. En cambio, transformar es tocar la esencia: el modelo de negocio, la cultura, la manera en que se crea valor y el modo en que una organización se relaciona con su entorno. En una transformación auténtica, algo deja de ser lo que era, aunque jurídicamente siga siendo “la misma” organización. Cambia la identidad cualitativa, cambia el relato.
Pero antes de mover nada hace falta una pausa, para mirar, para conocer.
No puedes cambiar lo que no conoces. No puedes transformar aquello que no has mirado con verdad. Parar, mirar y escuchar no es un lujo: es el inicio real de cualquier proceso serio. En lo personal y en las empresas.
El “cambio” que no pasa por esta pausa no es cambio: es activismo ansioso, movimiento que no transforma nada. Mucha agenda, poca conciencia.
Te preguntas por tu propósito, por tu ADN.
El propósito no es un eslogan. No es marketing emocional. Propósito es hacer desde el ser. Es decidir desde un lugar interno coherente que orienta cómo trabajas, cómo lideras, cómo cuidas y cómo creas valor. Cuando el propósito es claro, el cambio deja de ser amenaza y pasa a ser consecuencia natural.
No es lo mismo resistir el cambio que resistirse al cambio. Resistir el cambio puede ser una postura lúcida: proteger lo esencial, cuidar el sentido, no dejarse arrastrar por lo superficial. Resistirse al cambio, en cambio, nace del miedo, del “me basta con lo que ya sé y como ya lo hago”.
Para dirigir un cambio -en ti mismo o en otros- hace falta pensamiento empático: mirar más allá de uno mismo, comprender al otro, entender el contexto. Cuando el miedo manda, las diferencias se borran y solo queda el conformismo.
El final de año nos regala una pausa disfrazada de fiesta. Ese corte simbólico nos recuerda que vivimos demasiado rápido, que seguimos sostenidos en tres pilares que gobiernan casi todo: producir, consumir, comunicar. Sobre ellos hemos construido trabajo, vínculos, expectativas… incluso nuestra manera de mirarnos a nosotros mismos. Pero quizá lo más peligroso es que ya casi no cuestionamos ese cristal desde el que miramos.
Entonces, la pregunta incómoda llega sola:
¿Queremos realmente cambiar… o solo mover algunas piezas para seguir siendo básicamente lo mismo?
Tal vez este comienzo de año no sea una invitación a hacer otra lista, sino a hacer arquitectura interior y empresarial. Una arquitectura de la mirada: Mirar la estructura. Mirar los cimientos. Mirar qué sostiene lo que hacemos. Una arquitectura del alma: Curar lo que ya no sirve.
Diseñar espacios nuevos dentro y fuera con planos y dibujos que orienten en la construcción.
Porque sí: se puede seguir funcionando sin mirar ni mirarse. Muchas personas y muchas empresas lo hacen. Pero el precio es caro: se pierde sentido, se pierde humanidad, se pierde visión.
Este año no pide velocidad. Pide profundidad.
No pide más actividad. Pide más conciencia.
No pide promesas. Pide decisiones.
Y quizá ahí empiece el verdadero comienzo.



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